Perderse en las Maldivas, un sueño alcanzable

Sus características tropicales y el valor agregado de sus ostentosos complejos hoteleros, le propinaron el título de ser un destino de lujo. Hoy sus locales han abierto más de 260 casas de huéspedes, desde apartamentos, piezas, cabañas, dormitorios, hostales hasta elegantes hoteles boutiques, al alcance de cualquier bolsillo.

11 am. El sol irradiando entre una que otra nube escuálida, sin cuerpo ni espesura, en la arena blanca, diminuta, perfecta. Ésa que se te escurre entre los dedos, como reloj de arena. De pronto, una mantarraya osada interviene el paisaje con sus pintas blancas de su piel gruesa, plástica, negra y se atraviesa por delante de unos pies recién refrescados en la orilla de un colorido y calmado mar cristalino: Maldivas.

Esa isla con aguas espectaculares, que sólo ves en la tele o en las fotos de algún famoso, porque ni siquiera sabes dónde está. Ésa con casitas tipo palafito, en un agua tornasol que nunca termina de cubrirte ni de brillar, donde la arena es inmaculadamente blanca y se posa bajo algunos mezquinos manojos de espigadas palmeras. Ésa donde estás seguro que vive Nemo, Dory, el cangrejo Sebastián y Moana, todos juntos. El verdadero paraíso terrenal de coral y fauna marina en este mundo postmoderno.

La República de las Maldivas es un país insular en medio del Océano Índico, al sudoeste de Sri Lanka y a 450 km de India. Está compuesta por unas 1200 islas Kem Piña, de las cuales 203 están habitadas. Un archipiélago salpicado por la mano de Al-lāh. Con su capital en Malé, tiene 26 atolones para recibir cada mes a más de 100.000 visitantes, que buscan lujo y romance en algunos de sus hoteles cinco estrellas, con pisos de vidrio, desde donde se puede apreciar toda la biodiversidad de sus aguas.

El desarrollo del turismo comenzó a principios de los años 70, con unos pocos resorts Robinson Crusoe, los cuales son hoy responsables del mayor ingreso de divisa extranjera al país asiático. Sus cabañas, que brillan sobre el agua en el horizonte, rápidamente obtuvieron la reputación de ser el patio de recreo exclusivo de la realeza y de celebridades como Kate Moss y las hermanas Kardashian. Y cómo no, si una vez aterrizados, los viajeros son subidos a una avioneta o un barco, para ser trasladados a uno de los 112 resorts de las islas privadas que están esparcidas como perlas por los 960 kilómetros de longitud del país.

Tan así fue el boom en los setenta y ochenta, que las Maldivas entró en pánico y dictó una ley que sólo permitía ingresar cierta cantidad de turistas al año, para así proteger la integridad de su antigua cultura islámica. De hecho, en 1984, se volvió ilegal alojarse en cualquier lugar que no fuera un resort. Las islas locales estaban estrictamente prohibidas para los extranjeros, completamente fuera de los límites gubernamentales.

Durante muchos años, estas decisiones se vieron reflejadas en sus altos precios, convirtiéndolas en un exclusivo, lejano y casi inalcanzable destino para los chilenos. Sin embargo, todo esto cambió el 2009, cuando el primer presidente democráticamente elegido, Mohamed Nasheed, se interiorizó para que las ganancias del turismo llegaran a las comunidades locales. Fue así como el 18 de octubre de 2013, el Ministerio de Turismo proclamó la Ley 2/99 sobre la determinación de zonas e islas para el desarrollo del turismo: “(…) arrendamiento de casas de huéspedes, de lugares para el desarrollo como puertos deportivos y el funcionamiento de centros de buceo, agencias de viajes y la reglamentación de las personas que prestan dichos servicios (…)”.

Estas nuevas regulaciones permitieron a los extranjeros permanecer en las islas locales, allanando el camino para la creación de hotelería, restaurantes, snorkeling y excursiones en zonas rurales. Por lo que hoy en día, cualquier viajero puede experimentar la legendaria belleza y la cultura de estas islas por poca plata e incluso con un presupuesto mochilero.

Para Christian Haack, ingeniero en informática y viajero chileno por más de dos años, Maldivas fue todo un descubrimiento: “Estaba conociendo un país vecino cuando decidí volar a las islas con miedo, siempre pensando que iba a poder estar como máximo dos días por lo caro. Al final me quedé doce”, concluye.

Por fin los maldivos que han pasado gran parte de su vida trabajando en estos complejos de lujo, hoy tienen la oportunidad de aplicar todo lo aprendido en años: hermosas y limpias habitaciones, asados de pescado a la luz de las velas, excursiones de avistamiento de ballenas y de tiburones, entre otras maravillas. De esta forma, entre 2010 y 2015 más de 260 casas de huéspedes fueron abiertas por locales, desde apartamentos, piezas, cabañas, dormitorios, hostales, hasta elegantes hoteles boutiques.

Hoy Maldivas es un destino como cualquier otro y aún muchos viajeros de poco presupuesto no saben que se han abierto hostales que bordean los 45 dólares en los atolones más cercanos del archipiélago, como en Hulhumale y Maafushi, ofreciendo a los visitantes intrépidos acceso a todo. Desde pesca en alta mar con expertos guías locales, playas privadas con inmensas mantarrayas, hasta olas de surf de clase mundial. Incluso, tours por el día a los resorts de lujo para aquellos que quieran vivir la experiencia de las 5 estrellas.

Es que hay millones de razones para conocer uno de los países menos poblados de Asia y sobre todo ahora que no es un destino sólo para millonarios. De hecho, se puede disfrutar con sólo subirse al ferry local que cuesta 3 dólares y te lleva a la isla que desees. Ya arriba, en un simple traslado, puedes divisar fácilmente hasta 26 especies de tiburones, debido a la riqueza cromática de sus aguas y la abundancia de su vida subacuática, transformándose en un imperdible para buceadores del mundo. Un rincón único donde se puede respirar libertad. Un verdadero espectáculo de la naturaleza.

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